¿Qué es Dios?

Algún día hablaré de las palabras completas, así llamo a las palabras que necesitan de la dualidad para unificarse. El ejemplo perfecto es Tao. El Tao unifica lo que se ve y lo que no se ve para así estar completo. Tao es una palabra completa. Caos es otra, unifica orden y desorden. Y otra es amigo, aunque es un pelín diferente puesto que no necesita de dos conceptos sino de dos consciencias. Amigo es una palabra completísima.

Así designaré a los chavales de Encuentra a los Otros que han planteado en Twitter una pregunta para comentarla en su próximo programa: ¿Qué es Dios para ti?,

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y me piden personalmente que conteste para emitir la respuesta en el próximo programa del día 6 de marzo. Así que agradeciéndoles la deferencia, cargo la suerte antes por aquí para que, por un lado quede escrito lo que irá grabado, y por otro me ayude a perpetrar la respuesta, total no creo que esto encuentre a nadie antes de que se emita el programa y si lo hace ya aviso de que es un spoiler con dos cojones, no leas si prefieres escuchar si es que finalmente les parece bien emitirlo. Vamos a ello.

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Para en este momento poderme explicar qué es Dios – y digo bien poderme porque cuando me he parado a hacerme la pregunta me he quedado como cuando a eso de los treinta me pregunté: ¿y tú qué sabes de las cosas?, y paré de leer filosofía en serio durante unos quince años – quizá antes deba preguntarme qué ha ido siendo Dios para mi.

Nací en una familia católica, por lo que muy pronto tuve mi primer contacto con un dios que era un señor que vive arriba en el cielo, que mira por algún agujerico lo que hacemos, que tiene un hijo que tiene una madre que no es la mujer del padre pero no pasa nada niño no preguntes, al que hay que rezarle no vaya a ser que se cabree y te castigue en vida, y que por tanto me pone en contacto con el mundo de los muertos por primera vez. Yo sé que alguien se muere porque hay un dios, no porque hubiera visto muerte en alguna parte, y se me explica que de lo que se trata es de que ese dios esté contento y nos reciba en el cielo, porque si no hay otro pájaro que vive abajo en un sitio que se llama infierno que tiene aun más mala hostia y es a donde, además de castigarte en vida, te manda para siempre el que te quiere si te portas mal. En fin. Eso sí, de mi padre eran tres Ave Marías por la noche y de mi abuela el Jesusito de mi vida. Siempre me ha caído bien Jesusito pero me cagaba de miedo al verle colgado de la cruz encima de las camas de mis abuelas.

Pero no encajaba. Fui a colegio de curas y allí de las primeras cosas que nos enseñaron a decir fue eso de Ave María Purísima, sin pecado concebida. Ya el primer día que tuve que contestarlo dije por lo bajinis: sin pescado con cebolla, me hacía una gracia loca, cosas de una simpática sombra precoz supongo. Cuando me enteré de que eso era lo que había que decirle al cura que te confesaba, me juré decírselo algún día. Nunca tuve el valor suficiente, qué le vamos a hacer, pero sí que lo pensé, aunque parezca diciéndolo el Gordi de los Goonies cuando dijo que no había estado Michael Jackson en su casa pero su hermana sí.

En aquella época decidí que si había un dios, ¿cuál podría ser nuestro propósito o qué podríamos realmente ofrecerle?, y mi respuesta fue llegar a tener la posibilidad de poder mantener una conversación con él. Más allá de merecer llegar a ninguna parte, se trata de poder ofrecer buena conversación, no sé si me explico.

Mi madre – qué tendrán que te conocen tan bien – sabía de mi vida interior y de mis preocupaciones metafísicas que el catolicismo no me aclaraba. Yo quería creer pero no podía creer, al cura católico le falta lectura comprensiva, lo que decían que dice Jesús no concordaba con la aplicación de sus normas. Y a eso de los doce años, quizá trece, me dio un libro que siempre había estado en la biblioteca de casa y que es conocido por todos: El tercer ojo, de Martes Lobsang Rampa.

Y de repente apareció un nuevo concepto. Se muestran ante mis ojos unos humanos que no se preocupan de lo que piensa Dios. Que ni siquiera hablan de él. Vamos es que no es ni él ni ella. Y que, abreviando, utilizan el viaje astral para llegar a los registros akáshikos y acceder al conocimiento original. Conocimiento, pero desde otro punto de vista para mi desconocido. Y allí detrás un dios del que no hay que preocuparse porque anda que no hay cosas en las que pensar antes.

Entre mis incómodas sensaciones con la iglesia católica, apoyado en ese maravilloso concepto de impensabilidad (es a Jodorowsky al que escucho decir mucho después que Dios es lo impensable, yo no le ponía nombre pero sí tenía clara la idea), y el resto de libros de la colección de Lobsang Rampa (sobre el que no entraremos en si fue un fontanero o un transmigrao), llegué a la filosofía de tercero de BUP (pre LOGSE, no jodamos).

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Y ahí estaban los presocráticos, Sócrates, Platón, ¿Aristóteles?, no ése no. Pero sí otros muchos, todos pensadores, gente que, independientemente de la creencia, tenía una intención clara en el conocimiento, en traspasar la puerta sin intención de hacer el ridículo en una conversación con el dios correspondiente. ¡Había uno que incluso lo mataba! Con más razón el concepto dios se siguió disolviendo y me acerqué aun más al budismo tibetano, leyendo todo lo que caía en mis manos.

A la edad de 25 años tuve una experiencia fuera de mi cuerpo y conversé con mi primo que había muerto casi dos años antes. Sólo recordé y recuerdo una pregunta que le hice, como si sólo se me permitiera hacer una pregunta. Mi pregunta fue: y qué, ¿existe Dios?, y él me contestó: Sí, Dios existe, con una sonrisa pícara que se le salía de la cara. Aunque fue quizá la experiencia más importante de mi vida, seguí viendo a ese dios como algo ajeno, en realidad no comprendí el porqué de mi pregunta porque no era algo que yo me preguntara en aquel momento, y que existiera o no me servía de poco en este plano donde me debo ocupar de mi propósito.

Acercarme al Tao fue lo que volvió a dar un nuevo giro al concepto. No es cosa de hablar del Tao pero a mi me llevó a la idea de consciencia universal, algo más allá de ningún dios, dios es una palabra que no sólo sirve para designar a cualquier dios sino que es el nombre del dios cristiano que me produce bastante rechazo, así que decidí inventarme otra palabra que me sirviera para unificar en mi mente dios, Tao y consciencia, y lo llamé Universo. Sí, ya sé, el desborde de chispa y originalidad es patafísico pero realmente elegí yo el nombre.

Y podía haber llegado a esta conclusión final quizá más fácil porque uso la palabra todos los días pero coño, es que acojona una pregunta así y se ponen los pelillos como escarpias cuando además te va a escuchar todo el espectro radiofónico del país y parte de Orión y el Canis Maior pero bueno, así lo llamo actualmente, Universo. Mi dios es mi Universo que es, y esto es vital, cada vez más consciente. Su lenguaje es la sincronicidad. Su acción la no-acción. Y sigo pensando que, por aquello de si un dios detrás de Dios la trama empieza (se lo pregunta Borges en un precioso soneto al ajedrez), no estaría mal llegar al otro lado pudiendo ofrecerle, digámoslo así, conversación interesante.

Por último, contando con la posibilidad de ser inteligencias artificiales, lo cuál me está llevando de nuevo a darle vueltas al concepto, quedémonos con el soneto de Borges que sincroniza de forma hasta sorprendente.

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Elefante pirata

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