Poesía sin fin, de Alejandro Jodorowsky (2)

Ayer comenté que la película de Jodorowsky, Poesía sin fin, me ha llenado el alma como ninguna hasta ahora. Un día después, tras interiorizar todo el espectáculo poético, creo que sé el porqué.

Es de todos sabido que el humano refleja en los demás sus propias carencias y Jodorowsky no iba a ser menos. Es por esto que sabemos que su obsesión es su árbol genealógico y en este momento de su vida necesitaba reconciliarlo. Es bajo este punto de vista que tanto ésta como La danza de la realidad están enfocadas.

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Voy a destripar un poco la película por lo que si no la has visto y tienes intención de verla, igual es momento de parar de leer.

En un momento de Poesía sin fin, la familia Jodorowsky (no dice nada de su hermana en ninguna de las dos películas, directamente no existe, la ha borrado de su árbol) va a ver a la abuela de Jodorowsky, la madre de Sara Felicidad, que está en su casa con más gente de su familia.

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El gordo de la barba es el tío Isidoro que no para de tocarle los cojones, y dentro de la casa están también su tía Fanny, un judío que tiene como caja de puros una Torat, un hombre con los dientes de metal llamado Naum  y un muchacho, hijo de Naum, que es el primero que le introduce por los caminos del arte. Jodorowsky muestra claramente la absorción de su abuela a su madre mientras sus tías pelan a su padre a las cartas.

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Pero lo interesante de esta escena sucede cuando el adolescente Alejandro sale a cortar un árbol con un hacha, árbol que ha plantado su madre – la cuál pregunta: ¿Por qué mi árbol? –, y que claro, representa a su familia a la que se está enfrentando en ese momento. Por si no quedase claro, un poco más adelante el hijo de Naum nos lo dice literalmente.

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No sé realmente hasta qué punto la secuencia es poética, quiero decir, ¿será verdad que cortó aquel árbol?, yo creo que no y mucho menos con la intención genealógica viva en la mente, aunque es lo de menos, simbólicamente él cortó con su familia aquel día y el hecho de filmar estas películas es el símbolo para volver a dar vida a su árbol genealógico.

Sin extenderme más – como podría por ejemplo entrando en por qué es la misma actriz la que interpreta a su madre y a Stella Díaz – quiero llegar al final de la película a la escena en la que el joven Alejandro marcha de Chile a París y se enfrenta a su padre.

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De nuevo desconozco la literalidad de la escena pero puede ser bastante parecido, el asunto es cómo reconstruye el enfrentamiento final con su padre, que fue la última vez que le vio en la vida, y cómo lo transforma con un acto poético final en el que son sus propios hijos los que los reconcilian, injertándose en el árbol para darle nueva vida.

La escena es durísima, con una pelea entre los dos donde Jodorowsky tira a su padre al suelo y le hincha a patadas lleno de rabia.

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Pero con Jaime de rodillas, agarrando la mano del joven Alejandro, se oye al viejo: No, no así. ¡Así!.

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La escena termina con Jaime, afeitada la cabeza y el bigote, y vestido yo diría que de alguna manera oriental, diciendo: Adiós hijo mío, te bendigo.

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Son muchos los pensamientos que surgen tras una película así. Y lo que a mi me llenó el alma es que esto yo lo pude hacer en vida de mi padre.

Nunca mis conflictos fueron parecidos a los de Jodorowsky con el suyo, ni por asomo vamos, mi padre me quiso con locura e hizo todo lo que estuvo en sus manos por mi, pero como todos los hijos fui querido de forma egoísta y tratado de llevar por caminos que no eran los míos, por lo que después de resolver con él cara a cara y por derecho todo lo que me había ido engordando la sombra a lo largo de mi vida , sí puedo decir que mi padre marchó de este planeta feliz y estando perfectamente integrado en su árbol genealógico, salvo una cosilla de nada que tratamos de resolver pero que no hubo manera, quizá lo cuente en otra ocasión pues me apasiona la genealogía como le apasionaba a él.

Lo mejor de todo es que aun me queda aquí mi madre y, con aun nuestras cosas, también puedo decir que cuando marche lo hará tranquila y feliz porque sabe lo que su hijo piensa de la parte de sombra que le corresponde a ella y está todo completamente resuelto, lo cuál hace que hayamos aprendido por fin a disfrutar el uno del otro.

Sólo una cosa más, hay una cosa que no me gustó a tenor de lo que cuento y es que el viejo Jodorowsky llama a su padre por su nombre, Jaime. Si le hubiera llamado padre no me habría quedado ahí ese regustillo pero es comprensible, él está viendo la escena desde fuera y también se está viendo a sí mismo encarnado en su hijo Adán como una tercera persona. Aun así me parece que habría quedado más completo.

No es importante lo que yo piense, así es y así nos la cuenta. Creo que es un gran acto poético psicomágico hacia sí mismo y esa reconciliación con su padre, generando nuevas raíces con sus hijos en el árbol genealógico es, a mi modo de ver, prueba de que quiere morir tranquilo y ser recibido y aceptado por su linaje en el momento en el que, como él dice, se integre como una gota de agua en el océano del infinito.

Uno en su árbol puede elegir entre ser raíz o ser rama. La rama puede llegar a perderse en el viento, la raíz es siempre sustento.

Creo que tiene intención de hacer una tercera, que sea pronto que está el hombre cajcao.

Elefante pirata

 

 

 

 

Poesía sin fin, de Alejandro Jodorowsky

Vaya por delante que no soy el mayor aficionado al cine. Me gusta ver películas, sí, como a todos, pero ni voy al cine ni tengo la menor idea de sus circunstancias adyacentes.

He visto La danza de la realidad de Jodorowsky un par de veces y no tengo la sensación de haberle sacado el jugo. Sin embargo hoy he visto Poesía sin fin, la continuación de la anterior y he terminado con el alma llena como no me había pasado antes con ninguna película.

La historia es un espectáculo visual egográfico que me ha permitido dar a la primera película el sentido que creía perdido, es maravilloso el punto de vista externo de Jodorowsky como narrador y más aun cómo resuelve con poesía visual sus conflictos con su árbol genealógico.

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Es cierto que todo está escrito previamente, no obstante la poesía que transmiten las imágenes complementa de forma perfecta. Sólo queda esperar impacientes la continuación del viaje. Me intriga sobre manera el tratamiento que dará al tarot de Marsella. En ésta ya el tarot empieza a tomar protagonismo y es precisamente La Estrella el primer arcano que aparece en un póster en la pared, la cuál también sale en la lectura de tarot de la película junto con El Diablo.

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Y lo mismo que en el tarot, los colores y los personajes te van llevando por la narración de una forma casi enteogénica. Es todo un Encuentro con hombres notables, por seguir los pasos del maestro Gurdjieff.

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Pasa una cosa, y es que hay referencias a La Estrella, El Diablo, La Templanza y El Arcano Sin Nombre pero no a La Torre, o al menos yo no la he visto y es de todos – o no tan de todos – sabido que lo más importante que ha hecho Jodorowsky con el tarot de Marsella es abrir la puerta de esa Torre.

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Sólo una cosa más, ver a las sombras actuar es sobrecogedor.

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Que sea pronto la siguiente.

Elefante pirata

¿Qué es Dios?

Algún día hablaré de las palabras completas, así llamo a las palabras que necesitan de la dualidad para unificarse. El ejemplo perfecto es Tao. El Tao unifica lo que se ve y lo que no se ve para así estar completo. Tao es una palabra completa. Caos es otra, unifica orden y desorden. Y otra es amigo, aunque es un pelín diferente puesto que no necesita de dos conceptos sino de dos consciencias. Amigo es una palabra completísima.

Así designaré a los chavales de Encuentra a los Otros que han planteado en Twitter una pregunta para comentarla en su próximo programa: ¿Qué es Dios para ti?,

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y me piden personalmente que conteste para emitir la respuesta en el próximo programa del día 6 de marzo. Así que agradeciéndoles la deferencia, cargo la suerte antes por aquí para que, por un lado quede escrito lo que irá grabado, y por otro me ayude a perpetrar la respuesta, total no creo que esto encuentre a nadie antes de que se emita el programa y si lo hace ya aviso de que es un spoiler con dos cojones, no leas si prefieres escuchar si es que finalmente les parece bien emitirlo. Vamos a ello.

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Para en este momento poderme explicar qué es Dios – y digo bien poderme porque cuando me he parado a hacerme la pregunta me he quedado como cuando a eso de los treinta me pregunté: ¿y tú qué sabes de las cosas?, y paré de leer filosofía en serio durante unos quince años – quizá antes deba preguntarme qué ha ido siendo Dios para mi.

Nací en una familia católica, por lo que muy pronto tuve mi primer contacto con un dios que era un señor que vive arriba en el cielo, que mira por algún agujerico lo que hacemos, que tiene un hijo que tiene una madre que no es la mujer del padre pero no pasa nada niño no preguntes, al que hay que rezarle no vaya a ser que se cabree y te castigue en vida, y que por tanto me pone en contacto con el mundo de los muertos por primera vez. Yo sé que alguien se muere porque hay un dios, no porque hubiera visto muerte en alguna parte, y se me explica que de lo que se trata es de que ese dios esté contento y nos reciba en el cielo, porque si no hay otro pájaro que vive abajo en un sitio que se llama infierno que tiene aun más mala hostia y es a donde, además de castigarte en vida, te manda para siempre el que te quiere si te portas mal. En fin. Eso sí, de mi padre eran tres Ave Marías por la noche y de mi abuela el Jesusito de mi vida. Siempre me ha caído bien Jesusito pero me cagaba de miedo al verle colgado de la cruz encima de las camas de mis abuelas.

Pero no encajaba. Fui a colegio de curas y allí de las primeras cosas que nos enseñaron a decir fue eso de Ave María Purísima, sin pecado concebida. Ya el primer día que tuve que contestarlo dije por lo bajinis: sin pescado con cebolla, me hacía una gracia loca, cosas de una simpática sombra precoz supongo. Cuando me enteré de que eso era lo que había que decirle al cura que te confesaba, me juré decírselo algún día. Nunca tuve el valor suficiente, qué le vamos a hacer, pero sí que lo pensé, aunque parezca diciéndolo el Gordi de los Goonies cuando dijo que no había estado Michael Jackson en su casa pero su hermana sí.

En aquella época decidí que si había un dios, ¿cuál podría ser nuestro propósito o qué podríamos realmente ofrecerle?, y mi respuesta fue llegar a tener la posibilidad de poder mantener una conversación con él. Más allá de merecer llegar a ninguna parte, se trata de poder ofrecer buena conversación, no sé si me explico.

Mi madre – qué tendrán que te conocen tan bien – sabía de mi vida interior y de mis preocupaciones metafísicas que el catolicismo no me aclaraba. Yo quería creer pero no podía creer, al cura católico le falta lectura comprensiva, lo que decían que dice Jesús no concordaba con la aplicación de sus normas. Y a eso de los doce años, quizá trece, me dio un libro que siempre había estado en la biblioteca de casa y que es conocido por todos: El tercer ojo, de Martes Lobsang Rampa.

Y de repente apareció un nuevo concepto. Se muestran ante mis ojos unos humanos que no se preocupan de lo que piensa Dios. Que ni siquiera hablan de él. Vamos es que no es ni él ni ella. Y que, abreviando, utilizan el viaje astral para llegar a los registros akáshikos y acceder al conocimiento original. Conocimiento, pero desde otro punto de vista para mi desconocido. Y allí detrás un dios del que no hay que preocuparse porque anda que no hay cosas en las que pensar antes.

Entre mis incómodas sensaciones con la iglesia católica, apoyado en ese maravilloso concepto de impensabilidad (es a Jodorowsky al que escucho decir mucho después que Dios es lo impensable, yo no le ponía nombre pero sí tenía clara la idea), y el resto de libros de la colección de Lobsang Rampa (sobre el que no entraremos en si fue un fontanero o un transmigrao), llegué a la filosofía de tercero de BUP (pre LOGSE, no jodamos).

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Y ahí estaban los presocráticos, Sócrates, Platón, ¿Aristóteles?, no ése no. Pero sí otros muchos, todos pensadores, gente que, independientemente de la creencia, tenía una intención clara en el conocimiento, en traspasar la puerta sin intención de hacer el ridículo en una conversación con el dios correspondiente. ¡Había uno que incluso lo mataba! Con más razón el concepto dios se siguió disolviendo y me acerqué aun más al budismo tibetano, leyendo todo lo que caía en mis manos.

A la edad de 25 años tuve una experiencia fuera de mi cuerpo y conversé con mi primo que había muerto casi dos años antes. Sólo recordé y recuerdo una pregunta que le hice, como si sólo se me permitiera hacer una pregunta. Mi pregunta fue: y qué, ¿existe Dios?, y él me contestó: Sí, Dios existe, con una sonrisa pícara que se le salía de la cara. Aunque fue quizá la experiencia más importante de mi vida, seguí viendo a ese dios como algo ajeno, en realidad no comprendí el porqué de mi pregunta porque no era algo que yo me preguntara en aquel momento, y que existiera o no me servía de poco en este plano donde me debo ocupar de mi propósito.

Acercarme al Tao fue lo que volvió a dar un nuevo giro al concepto. No es cosa de hablar del Tao pero a mi me llevó a la idea de consciencia universal, algo más allá de ningún dios, dios es una palabra que no sólo sirve para designar a cualquier dios sino que es el nombre del dios cristiano que me produce bastante rechazo, así que decidí inventarme otra palabra que me sirviera para unificar en mi mente dios, Tao y consciencia, y lo llamé Universo. Sí, ya sé, el desborde de chispa y originalidad es patafísico pero realmente elegí yo el nombre.

Y podía haber llegado a esta conclusión final quizá más fácil porque uso la palabra todos los días pero coño, es que acojona una pregunta así y se ponen los pelillos como escarpias cuando además te va a escuchar todo el espectro radiofónico del país y parte de Orión y el Canis Maior pero bueno, así lo llamo actualmente, Universo. Mi dios es mi Universo que es, y esto es vital, cada vez más consciente. Su lenguaje es la sincronicidad. Su acción la no-acción. Y sigo pensando que, por aquello de si un dios detrás de Dios la trama empieza (se lo pregunta Borges en un precioso soneto al ajedrez), no estaría mal llegar al otro lado pudiendo ofrecerle, digámoslo así, conversación interesante.

Por último, contando con la posibilidad de ser inteligencias artificiales, lo cuál me está llevando de nuevo a darle vueltas al concepto, quedémonos con el soneto de Borges que sincroniza de forma hasta sorprendente.

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Elefante pirata