Genealogía y tarot

Tengo la suerte de poder navegar por mi árbol genealógico, lo cuál por otra parte es una auténtica locura pues sé de antepasados de hace más de 1700 años.

Ayer hablé de mi abuelo y su relación con su primo Vicente Aleixandre, hoy voy a hablar de mi tatarabuela Filomena.

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El caballero que comienza la línea es mi padre y siguiendo los puntos amarillos – fasten your seatbelt Dorothy because Kansas is going bye bye – llegamos a mi tatarabuela. En la foto se ve arriba que no sólo hay puntos amarillos, si siguiéramos esta línea amarilla llegaríamos a Carlomagno del que soy descendencia directa.

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Y si siguiéramos las línea azul clara llegaríamos a Alfonso Enríquez,

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la verde a Fernando I de León y Castilla,

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La azul a Hugo Capeto,

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y la roja a Guillermo I de Inglaterra,

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dejándonos por el camino por ejemplo, y por citar sólo algún ejemplo mejorsonante, a Alfonso X El Sabio.

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Vamos que si Jodorowsky me pilla por banda más que una constelación me hace una galaxia. Pero hoy como digo me voy a quedar en mi tatarabuela, Filomena Matheu y Gregorio, lectora de tarot y bruja.

La dama era de armas tomar, no es de extrañar teniendo en cuenta su ascendencia. Nació en mitad del siglo XVIIII (digo, o más bien escribo bien), por lo que es de imaginar el tipo de vida que tuvo. Pero lo que también se cuenta es que era bruja y experta lectora de cartas, probablemente usaba los arcanos menores de la baraja española aunque no puedo afirmarlo.

Según la web Geneall.net, que es de donde están sacadas todas estas imágenes, mi tatarabuela tuvo tres hijos.

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Pero se sabe en la familia que hubo un cuarto. No es extraño que no aparezca, la web sigue bastante fielmente todas las líneas pero yo mismo he enviado información para actualizarla pues tiene errores que a día de hoy, gracias a internet, se pueden corregir (sin ir más lejos, el tercero de sus hijos, Manuel Arias-Dávila de Manzanos y Matheu, es una actualización mía pues se cambió el apellido y en la web aparecía como Conde de Puñonrostro pero sin ascendencia).

Y se sabe que hubo un cuarto porque cuentan las leyendas familiares que este hijo marchó de casa un día y no volvió a su hora, por lo que la tatarabuela echó las cartas sobre la mesa a ver qué había pasado. Inmediatamente después, con el terror en sus ojos, lanzó las cartas a la lumbre. Vio la muerte de su hijo que efectivamente se había producido en un accidente.

Nunca más volvió a echar las cartas. Sin embargo su nieta, la hermana de mi abuela, mi tía Cheli (de la que también se dice que tenía algo de bruja, cosa que no puedo confirmar aunque la conocí bien de cerca), continuó con la tradición y fue a la primera persona que vi jugar con los arcanos menores de la baraja española, era yo un tierno moco corriendo por los pasillos.

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La foto es de un recorte del diario ABC del año del nisé, el pie de página decía: “Bellas muchachas del pueblo de Miraflores de la Sierra que representaron el coro de “Las enfermeras de la guerra” en una simpática función teatral a beneficio de los pobres de dicho pueblo”. Mi tía es la segunda por la izquierda.

Por lo demás, desde que empecé a leer las cartas me ha parecido curioso que el tarot pase en mi familia cada dos generaciones al menos en estos últimos saltos, aunque esta vez el lector es un hombre que usa los arcanos mayores del tarot de Marsella restaurado por Jodorowsky y Camoin. Y otra cosa curiosa es que tanto mi tatarabuela como mi tía leían presentes, no futuros, igual que me enseñó Jodorowsky.

Tenía yo la tierna edad de cinco años cuando un día, estando mi tía Cheli en casa de mi tía Tiki, la hermana de mi padre, se le ocurrió sacar las cartas y hacer lo que ella llamaba “un corte”. Era simple, barajaba, cortaba la baraja y sacaba dos o tres cartas. Y nada más verlas le dijo a mi tía: Uy Tiki, vaya lío de cama que tienes en tu casa. Qué cosas tienes, contestó Tiki. A los pocos días llegó su hijo, mi primo José Antonio de dieciocho años, con la noticia infeliz de que había dejado embarazada a su novia. No podía la lectura ser más presente.

Desconozco para acabar dónde aprendió mi tatarabuela sus aficiones ocultas (ni siquiera sé con seguridad si mi tía Cheli aprendió de ella), sería gracioso descubrir a alguna abuela suya maestra de estas artes arcanas aunque será más que difícil llegar a esta conclusión, las fuentes de mi familia que me quedan desconocen el asunto y mi tía murió mucho antes de que yo empezara a leer el tarot, nunca me surgió hacerle la pregunta.

Sería la hostia poder hablar ahora con ella, no por nada El Andariego está dedicado a su intuición. ¿Habría ella mirado en el espejo?, seguramente.

Elefante pirata

Genealogía

Ya que en la última entrada me surgió hablar de un asunto genealógico de mi padre, voy a entrar en esta afición que es la genealogía y que me viene precisamente de él, aunque podría no venir como no vino la caza (y mira que lo intentó).

Desconozco los motivos por los que mi padre se interesó tanto por su familia (al igual que su hermana mayor, mi tía Tiki, grandísima conocedora de los intríngulis de la familia), pero me podría aventurar diciendo que vengo de una familia a la que fácilmente se le sigue la pista, o por lo menos a una gran parte de ella.

Por parte de madre hay poco que decir, la verdad, ni siquiera mi madre conoce a su familia más allá de sus abuelos y a mi abuela no tuve la ocasión de preguntarle (mis abuelos murieron los dos antes de que yo naciera), por lo que mis conocimientos llegan hasta el nombre de mis bisabuelos.

Sin embargo por parte de padre la cosa es un poco más compleja. Y voy a comenzar por ese pequeño asunto que dejó mi padre sin resolver antes de abandonar este planeta.

Es de todos conocido que Vicente Aleixandre es uno de nuestros Premios Nobel de Literatura, lo que no es tan conocido es que su segundo apellido es Merlo, pues es hijo de Cirilo Aleixandre y Elvira Merlo,

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la cuál es hermana del arquitecto Antonio Merlo García de Pruneda, padre de mi abuelo.

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Es decir, mi abuelo Antonio y Vicente Aleixandre eran primos hermanos. Se puede seguir fácilmente la pista en la web Geneall.net.

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Ahí está mi abuelo, Antonio Merlo Romero para servirles. Y hasta el punto era de hermanos la relación con su primo que cuando mi abuelo obtuvo la plaza de médico de Miraflores de la Sierra, Vicente compró allí una casa para poder compartir con él tiempo y espacio. Fue tío Vicente por tanto para mi padre toda la vida y así se le ha llamado siempre en mi familia, pero cuando murió mi abuelo se produjo un conflicto.

Un cáncer de pulmón se lo llevaba y – según me contó mi padre, viendo yo ya más que de cerca los cuarenta y porque se lo sonsaqué -, estando ya en su lecho de muerte “pasaba todo el día con la cantinela de Vicente”, en palabras textuales de mi padre. Pero Vicente apareció estando ya mi abuelo muerto.

La escena fue dramática, Vicente entró por lo visto sollozando con grandísimas muestras de dolor a la casa de mis abuelos en la Avenida del Manzanares gritando ¡Antonio, mi Antonio! y en ese momento mi padre, dolido hasta el último rincón del alma con su tío, no pudo reprimirse y le echó de la casa según parece de una forma bastante violenta, diciéndole que no volviera nunca por allí por no haber tenido el valor de venir a ver morir a su primo.

Nunca más mi padre volvió a ver a Vicente. Yo sí le vi una vez que fui a su casa a conocerle, tenía yo unos catorce años, quizá lo cuente en otra ocasión.

El caso es que después de contarme esto mi padre, y siendo alumno de Jodorowsky en asuntos de tarot, me quise tirar del pisto y arreglar psicomágicamente a mi padre este conflicto con nuestro árbol genealógico. Y le propuse hacer un soneto a su tío Vicente.

Mi padre, aunque prefería la prosa y dejó escritos un montón de cuentos para su nieta, nunca tuvo problemas con las rimas, más bien al contrario, se le daba rimar de putísima madre. ¿Pero qué pasó?, que fue absolutamente incapaz de terminarlo jamás. Y no será que no se lo pregunté veces, no hubo manera.

Así pasaron dos cosas, una que quedaron patentes mis dotes de psicomago (si no sabes torear pa qué te metes… al menos no me embarqué en ninguna locura tipo coge una foto, da tres piruetas, caga de costao y restriégate la mierda por el cuerpo untada en la foto a ver si te curas), y la otra que mi padre marchó sabiendo que dejaba este conflicto pendiente. Pero también creo de verdad, o más bien lo sé, que marchó sin rencor, consciente de su responsabilidad y entendiendo en cierta medida esa personalidad surrealista de su tío que no fue capaz de mirar a la muerte de su primo hermano cara a cara.

No sé si el alma de tío Vicente albergaría alguna pena o rencor por aquello pero la alegría que se llevó el día que me conoció fue extrema. Como digo quizá lo cuente por aquí, dará para algunas cuantas letras más.

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